La leyenda del hombre del turbante rojo

La leyenda del hombre del turbante rojo

Filiberto era conocido en todo el pueblo como un soberbio herrero. Fundía y fusionaba los metales como ningún otro. Una tarde un hombrecillo que llevaba un turbante rojo sobre su cabeza llamó a la puerta de su negocio.

– Que tal, ¿es usted don Filiberto?

– Sí, ¿en qué le puedo ayudar?

– Soy Husein Mohamed, señor de los hechizos oscuros.

– ¿Y qué es lo que quiere?

– Solamente deseo hablarle acerca de una visión que lo involucra a usted. Por la noche, lo visitará una mujer vestida con un abrigo de color azul y le pedirá que fabrique algo que usted no podrá hacer solo. Vengo a ofrecerle mis servicios, yo no pretendo ninguna remuneración económica por ellos, lo único que quiero es que omita comentarle a alguien sobre nuestro encuentro. ¿De acuerdo? Aquí tiene mi tarjeta. Estaré esperando su llamada.

– El reloj marcó las siete de la noche y la mujer descrita por Mohamed se presentó

– Buena noche señor, quiero que repare mi tren de hierro.

– ¿Qué le pasó?

– Las piezas no tienen ningún defecto. Lo que sucede es que como verá, cada vagón está adornado con calaveras y éstas se agitaban al ponerlo en funcionamiento. Sin embargo, desde hace varios días no se mueven.

Filemón miró cada vagón con detenimiento y no se explicaba cómo la mujer afirmaba que las figuras funestas se movían, si lo único que se apreciaba de ellas era su contorno. Aun así aceptó repararlo. Para ello le llamó al hombre del turbante rojo y este llegó cinco minutos después.

Entonces Mohamed sacó de un pequeño costal que contenía varios polvos y bañó con ellos los vagones del tren. Súbitamente, éstos comenzaron a emitir sonidos fantasmagóricos y las calaveras se volvieron movedizas.

– Filiberto, coloca tu mano en una de ellas para que veas lo que pasa. Dijo Mohamed.

– No, no deseo hacerlo.

– ¡Te lo ordeno!

Se desconoce el motivo, pero el herrero acató la orden del hombre del turbante rojo y al poner su yema sobre uno de los rostros de hueso, su cuerpo fue transformado en polvo y su calavera se colocó en un hueco vacío del vagón.

Después apareció la mujer de azul Y ambos forasteros salieron de ahí con el tren, sólo que ahora éste tenía anexado un pasajero más

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